Expectativas…

Nunca antes había experimentado la volatilidad de expectativas que ha cimbrado a México en los últimos meses, como ahora.

Esta volatilidad de expectativas a la que me refiero, es multifactorial y por tanto, los resultados que de ello pueden emanar son multivariados igualmente y me intentaré explicar.

Existen distintas expectativas respecto a los efectos que pueda tener en México la política exterior y específicamente comercial, de la administración Trump; el juego de negociación del mandatario Estadounidense se enmarca en las nada sofisticadas reglas de las fuercitas, en donde dos oponentes tratan de vencer al otro empleando la mayor fuerza que sus músculos de brazo, antebrazo, muñeca y mano sean capaces de emitir. Para Trump, someter a su contraparte para que ceda a sus términos dentro de la negociación, es el nombre del juego y poco le importa si en el camino pisotea aliados, instituciones multilaterales que ha tomado décadas construir o hasta niños cuyo único “error” es haberse condenado al nacer en una familia pobre latinoamericana orillada a emigrar.

Así pues, enmarcada en esta estrategia negociadora y por elección de Trump, México, Estados Unidos y Canadá están entrampados en la redefinición del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (o TLCAN para los cuates); todo ello aderezado con los primeros visos de lo que apunta a ser una guerra comercial de Trump vs. el mundo entero.

Por tanto, existen en este tema expectativas de parte de optimistas que aseguran que la renegociación del TLCAN llegará a buen puerto, a pesar de los pesares, y sin estar exento de costos, este nuevo acuerdo encarrilará la posición estratégica del bloque comercial Norteamericano hacia el futuro, posicionándolo como uno de los más relevantes en el orden comercial internacional. Ahora, también existen los escenarios más pesimistas que hablan de la posibilidad de una salida de Estados Unidos del tratado y la negociación de tratados comerciales nuevos bilaterales México-Estados Unidos y Canadá-Estados Unidos, en lugar de una negociación tripartita, lo que claramente debilitaría la posición de México en la negociación y significaría que Trump ganó a las fuercitas, con todas las consecuencias económicas que ello significaría.

Entonces el tema aquí, es que en el proceso de formación de estas expectativas, mientras se cristalizan unas u otras, la volatilidad hace de las suyas y la incertidumbre hace presa de muchas decisiones fundamentales para la economía Mexicana, afectando variables fundamentales como el tipo de cambio, el riesgo país, las tasas de interés de referencia y las expectativas inflacionarias derivadas de esto. Por tanto, en la palestra internacional el panorama se vislumbra nublado con probabilidad de chubascos.

Si agregamos a esto las expectativas que forma, hacia adentro y hacia el exterior, el proceso electoral a concluirse en unos días, el pronóstico es reservado. Existen expectativas de nubarrones, anticipando que el resultado de la elección tendrá como consecuencia de corto plazo el enrarecimiento de los fundamentales macroeconómicos del país y de cristalizarse políticas públicas populistas, franco decaimiento de dichas variables en el mediano y largo plazos; regresando a la economía mexicana a ciclos de recesión económica y regresión económico-social. Pero también hay quien se forma en la fila de expectativas de cielos más despejados, a partir de la posibilidad de que quien gane defina políticas públicas menos radicales, permitiendo un grado rezonable de economía de mercado y respetando libertades económicas, políticas y social básicas.

Pero de nuevo, el tema en el proceso de formación de estas expectativas, es que, mientras llegan a realizarse unas u otras, el entorno se ve enrarecido por volatilidad e incertidumbre, lo que en el ámbito de la economía interna puede frenar inversiones, empleos y posibilidades de mayor bienestar para la población, que no se extrañarían ante un escenario en el que existiera mayor certeza.

Por lo tanto, en este entorno en el que la formación de expectativas está ciertamente enrarecido, lo que en economía suele traducirse en realidades; lo mejor que podemos hacer cada quien en su ámbito y en la medida de sus posibilidades es seguir la máxima de comportamiento racional ante un imprevisto como un sismo: “No corro, no grito, no empujo”. Esto es, no corro huyendo de expectativas que pueden ser o no ser acertadas, hay que tener templanza. No grito por el simple hecho de que alguien piensa diferente a mi o a lo que yo concibo como correcto, hay que tener tolerancia. Y no empujo durante el necesario reacomodo que van a tener las cosas durante el proceso de formación de expectativas y cuando estas se vayan transformando en realidades, hemos de practicar nuestra solidaridad y procurar la cohesión social. Obviamente, esto sin claudicar a nuestros valores y principios, ni a renunciar a permanentemente exigir resultados hacia lo interno y en los temas de competencia internacional, de quién sea que resulte votado y electo en los distintos órdenes de gobierno, pues como dicen por ahí, el día después de la elección, tendremos que salir adelante TODOS.

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