Mi Lección.

Cuando alguien escribe sobre algo que experimentó y lo hace en plural (aprendimos, hicimos, etc.) en mi opinión peca de ególatra, pues cree que puede hablar por los demás, cuando la experiencia única, personal e intransferible debe ser relatada en primera persona; por tanto, me dispongo a tratar de ordenar mis ideas, sobre lo que me dejan como lección los aciagos y sacudidos días que han ocurrido recientemente​.

En México que tiemble es “normal”, sin embargo, cuando un acto normal de la naturaleza cimbra todo a nuestro alrededor​ (literal y metafóricamente) nada respecto a ello puede ser sino extraordinario.

Es triste y sobrecogedor, cada vida que se pierde y lo duro que debe ser para quien le sobrevive a una víctima; pero es extraordinario ver como la gente se volcó desde el primer momento a ayudar a esas víctimas vivas o no, como fuera y con lo que se pudiera, desde cargar una piedra o alzar el puño pidiendo silencio, hasta donando algo en un centro de acopio o rescatando una vida de entre los escombros. El hecho fue, que la ayuda de la sociedad es abrumadora, honesta, solidaria y desinteresada, y mi lección de ello es, entender que tengo la fortuna de vivir en un lugar en que la gente es más generosa de lo que solía reconocer y en ello me reconozco a mi mismo, me enorgullece ser mexicano y deseo que esa generosidad se esparza y se reproduzca cuál espora y nos lleve a un estadio superior, en que civilidad, cohesión social, solidaridad y respeto se conviertan en pilares del México que merecemos. 

Es preocupante y dramático darse cuenta que miles de personas lo han perdido todo, en el plano material cuando menos, su patrimonio se perdió; sin embargo, hay otros miles dispuestos a proveer un hogar (que no por temporal, despreciable), a dar albergue y con ello ayudar a albergar la esperanza de una recuperación, una verdadera reconstrucción para forjar nuevos patrimonios que sean hogares de gente renovada en su valor cívico. Mi lección, entender que el hogar no solo se forja de adentro del núcleo familiar hacia afuera, sino también a la inversa, desde la sociedad hacia las familias, sean familias afectadas directamente o familias que hacemos nuestro el verdadero significado de solidaridad, adhesión y concordia hacia una causa auténticamente noble.

Todo esto es pues, una sacudida a lo más fundamental que entendía como nuestra identidad de mexicanos, sustituyéndolo por algo mejor, más sólido, mejor cimentado: la conciencia. La conciencia de estar aquí, de hacer algo ahora, de apoyar en la medida de mis posibilidades limitadas, pero no por ello desechables. 

Mi lección es entonces, que ante el dolor y la tragedia, lamentarse está de más; actuar en cambio ha lugar, para lograr encauzar a México y a quienes somos parte de él, hacia donde siempre debió tirar, hacia el civismo que puede darle el carácter de virtud al quehacer cotidiano de cuantos habitamos aquí; desdeñando con ello al corrupto, adicto, autocomplaciente y egoísta que vela solo por su interés, abriendo brecha hacia un mejor destino, en el que aún a pesar del desastre se logre ensalzar lo mejor que tenemos: nuestra humanidad.

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